Breitbart News: cuando el ciberactivismo se convierte en racismo

Por Esteban González

 

El punto de reunión digital para los activistas de la alt-right es considerado por muchos una fuente de racismo, xenofobia y misoginia. El sitio, creado por el periodista conservador Andrew Breitbart, actúa como una plataforma para los conservadores norteamericanos —votantes del partido del elefante, miembros del Tea Party Movement o de las derechas cristianas y demás movimientos patrióticos y nacionalistas—, en la que sus puntos de vista sobre temas económicos y políticos encuentran la aprobación de sus semejantes.
Los autonombrados activistas políticos inundan las secciones de comentarios en los que expresan su odio por Hollywood, los medios liberales, la amenaza musulmana, el aborto, los judíos y los mexicanos que roban empleos.

En muchas ocasiones, el lenguaje utilizado emana racismo, la imitación del “ebonics” es una de las principales herramientas que se utiliza en el discurso de los usuarios del sitio, con el fin de descalificar la opinión de la población liberal y, de paso, mofarse del lenguaje asociado a los ciudadanos negros. En otras, los comentadores hacen a un lado la burla y dejan ver el discurso de odio racial que domina en esta plataforma: “construyamos esa pared y resguardémosla con hombres armados”, “minemos la frontera o dejémosles morir en el desierto”, “¿por qué el número de ilegales muertos es tan bajo? Debemos redoblar esfuerzos si queremos aumentarlo”. Estos son sólo algunos ejemplos de lo que sucede en este espacio digital.

¿Hasta dónde llega la libertad de expresión en este tipo de situaciones? Si se censura este tipo de contenidos, ¿se le despoja al comentador del derecho de enunciar o se protege a una causa a o a un grupo? La opción no es la censura, pues este discurso encontraría otras formas de colarse en las plataformas digitales. Calificar a este discurso de “racista”, tampoco ayuda la situación. Cualquiera que se detenga unos minutos a revisar esta sección de comentarios podría concluir con esa aseveración, pero esta misma no propone algo más allá de lo obvio. Si es que se pretende dar batalla contra este tipo de declaraciones, el arma misma se encuentra en el discurso. Pero también habría que plantearse qué tan frecuentemente se reproduce este tipo de conversaciones en espacios no digitales, y qué tan poderosas son cuando se sustentan en estas plataformas.

Debe tomarse a consideración que la interacción discursiva en espacios digitales es enteramente distinta a la que se sostiene cara a cara, o en los medios impresos. En este tipo de plataformas, el discurso es de todo aquel que comente, lo que le brinda poder pero le resta autoría. Entendido este último concepto como la capacidad o calificación para crear material discursivo, los comentarios en la web no requieren del mismo, pues cualquiera con acceso a Internet se vuelve calificado para escribir en una sección de comentario; el poder del discurso se vuelve de todo aquel que postea su pensamiento. En espacios “especializados”, como el que se trata en este texto, la autoría se determina en el numero de votos positivos y los comentarios que alaban al comentador: “no pudiste haberlo dicho mejor, habemos de alimentar a los coyotes con sus restos”, “¡así se dice, chica! me agradan tus comentarios, el gobierno de Killary caerá antes de siquiera comenzar”, son algunos de los ejemplos.

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