En la pantalla grande

Por Ana Añorve Vidal

En los textos mediáticos es frecuente advertir dos formas discursivas: la de la normalidad y la de la transgresión. La primera engloba la cotidianidad, la manera en cómo habitualmente se comprenden y realizan las cosas; la segunda da cuenta del quiebre, la vulneración de esta primera, como una clase de alternativa proposición sobre cómo percibir el entorno propio.

En el cine es visible esta disyuntiva enfocada en sus narrativas: por ejemplo, se toman por normales, comunes e incluso lógicas y naturales las relaciones románticas entre parejas heterosexuales. Sin embargo, cuando se presentan en la pantalla parejas fuera de este concepto, como las homosexuales, se provoca una transgresión.

De cierto modo, suele ser algo positivo para la sociedad en el sentido de que se logra desestabilizar al público, se le orilla a reflexionar sobre sus propias ideas y cánones preestablecidos, e incluso a cuestionar la forma en cómo concebía ese aspecto de su realidad. Casos de filmes transgresores (respecto al colectivo LGBT) hay varios: La vida de Adèle (2013), La chica danesa (2015), Carol (2015), y la elogiada cinta del año Luz de luna (2016).

No obstante, la particularidad de estas películas es los años en que se han filmado, porque resultan ser muy recientes a diferencia de la polémica Secreto en la montaña (2005), que se mostró en las salas de cine en un momento en donde existía una discriminación hacia la homosexualidad mucho más marcada que en la actualidad.

Hoy en día es cada vez más factible realizar este tipo de contenidos, a diferencia de la calamidad que ello implicaba hace no mucho tiempo. El sentido en especial que brindan estas historias se circunscribe a la denuncia de esta clase de discriminación que experimentan los personajes al vivir en un contexto en donde ser lo que eran era perseguido y castigado; se busca de tal modo, eliminar los prejuicios y las convenciones en torno a la comunidad LGBTTTI.

Sin embargo, es precisamente esa característica del cine que se ha concretado la cual devela que no se ha logrado incorporar del todo en el precepto de “naturalidad” y “normalidad” a este colectivo. Más que integrarse en los argumentos ficcionales de las películas sin resaltar la cualidad de los personajes, por ejemplo su homosexualidad, se han creado esta clase de cintas con el fin de -como ya se mencionó- hacer consciencia en el espectador.

Es decir, lo mismo se puede señalar en el ámbito del racismo y la discriminación con filmes como Selma (2014) o la reciente Talentos ocultos (2016), al buscar reivindicar a un grupo segregado socialmente durante gran parte del siglo pasado como lo fue el afroamericano (asunto aún cuestionable en pleno 2017). La diferencia con estas películas es que se habla del pasado.

El problema con la comunidad LGBT en el cine es que se se remite a un contexto no tan lejano donde la marginación y el rechazo aún son protagonistas de la trama. No se exhibe en la pantalla grande como parte de “hacer consciencia” en el sentido en que lo haría una exposición sobre el holocausto al reflexionar sobre no cometer los mismos errores del remoto pasado, o las atrocidades que implican la irracionalidad y violencia de la intolerancia hacia la otredad, sino como una incesante lucha para acabar con las ideas equívocas respecto al colectivo.

Habría que preguntarse de manera personal: “¿con cuánta normalidad miro a una pareja del mismo sexo besándose en pantalla?” y “¿con cuánta naturalidad la miro en la realidad?”.

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