¿Qué vida importa más?

Por Esteban González

Rafael Ramos y Wenjian Liu, elementos del Departamento de Policía de la Ciudad de Nueva York (NYPD), fueron emboscados y asesinados por Ismaaiyl Abdullah Brinsley el 20 de diciembre de 2014, un criminal afroamericano de origen musulmán, perteneciente a la Black Guerrilla Family —una pandilla formada en las cárceles estadounidenses que planeaba crímenes violentos de venganza en contra de elementos policiacos—, y a la Nuwaubian Nation, un culto de supremacía negra formado en Georgia, Atlanta. De acuerdo a un post de Instagram, Brinsley planeó los asesinatos a manera de obtención de venganza por el asesinato de Eric Garner, un joven negro de Staten Island, Nueva York, perpetrado en julio de 2014 por dos oficiales blancos de nombres Daniel Pantaleo y Justin Damico. El delito contra Garner fue calificado como brutalidad policiaca y crimen de odio.

Los asesinatos de Ramos y Liu dieron pie a la creación del movimiento Blue Lives Matter, una respuesta al popular movimiento activista Black Lives Matter, creado en 2013 en contra la inequidad racial, los crímenes de odio y la brutalidad policiaca contra la comunidad negra de Estados Unidos. El choque de estos dos esfuerzos de activismo fue inmediato. En pocas palabras, el discurso de Black Lives Matter dice que el azul no es un color de piel, sino un uniforme, y que los crímenes contra oficiales de policía son reconocidos e importan ante los ojos del mundo, al contrario de los crímenes raciales. La respuesta de Blue Lives Matter es que se trata de una organización que pretende develar la verdad que ocultan los medios masivos de comunicación, así como proveer seguridad a sus “hermanos y hermanas de azul”, de acuerdo a su web oficial.

El obtener el poder por y con el discurso es el propósito de esta lucha, y este poder consiste en presencia mediática e imposición ideológica. Para cualquiera de estos movimientos, la exposición mediática positiva resultaría favorable en cuanto a que se normalizaría el mensaje detrás del mismo: “esta vida importa y merece tu atención, de esta otra vida se habla ya lo suficiente”.

De acuerdo a la investigación de los teóricos noruegos Galtung y Ruge (1965), si los medios dieran prioridad a un mensaje sobre el otro, esta priorización desembocaría en la legitimación de este mismo, a pesar de que esta priorización fuese parcial sería dominante sobre los mensajes que la cuestionan. En otras palabras, esto implicaría la existencia de un discurso preponderante, pero no eliminaría las tensiones generadas por los discursos subversivos. Detrás de este tipo de construcciones discursivas son visibles las identidades colectivas de esferas aparentemente distintas, polarizadas y totalmente contrarias; sin embargo, resulta casi irónico que la construcción de estas sea en extremo similar.

La premisa observable es la que se ha expuesto anteriormente en el texto, en la que ambas partes consideran que vale la pena discutir sobre este tipo de violencia más que sobre este otro, y esto sólo es el resultado de enfrentar a grupos distintos on situaciones que colisionan con sus formaciones ideológicas y sus sistemas de valores. Con el afán de defender estos últimos, los movimientos toman como campos de batalla las redes sociales, las calles y las aulas. Se enfrentan en espacios públicos con la finalidad de convertirse en el discurso preponderante, el socialmente aceptado y correcto; sin embargo, existen factores —más allá de la voluntad de cada parte por obtener el triunfo—, que determinan que tanta validez le asigna la audiencia a cada uno.

Se trata de factores que están fuera del alcance de estos activistas, como puede ser la identidad de quien observa. Aproximadamente, el 81% de la población de Idaho es blanca, factor que explica la popularidad del movimiento Blue Lives Matter en esta región del norte. En este contexto, la obtención del poder discursivo es clara, pues la población general se encuentra en un contexto en el que tiene sentido alzar la voz por los oficiales blancos caídos, existe una concordancia indiscutible con el mensaje del movimiento. Sin embargo, en el caso de Brinsley, esta obtención de sentido se encontraba en la venganza contra lo que se considera la supremacía blanca, los asesinatos y su suicido se pueden leer como un discurso subversivo que toma cada vez más fuerza en los Estados Unidos: la supremacía negra.

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