El Ejército en Proceso

Por Raúl Parra.

Durante los años de esplendor del presidencialismo autoritario mexicano, había tres tabúes en el país: el Presidente, el Ejército y la Virgen de Guadalupe. Si no era para dedicarles una alabanza, estaba proscrito hablar públicamente de los tres grandes mitos nacionales, lo cual contribuyó a deificarlos.

La explicación de esto es muy sencilla: esos fueron los tres pilares que sostuvieron al régimen durante el siglo XX. El Ejército ―en realidad eran muchos ejércitos que posteriormente se concentraron en uno solo― hizo la revolución y alteró el orden imperante. Luego delegó el mando centralizado a la figura presidencial, tras la ‘institucionalización’ del país que arrancó en 1929 y se concretó hasta 1946 con la llegada de Miguel Alemán Valdés, el primer presidente civil del siglo XX, pero nunca cedió su poder ni abandonó su protagonismo en la vida pública, como se verá más adelante; con la Iglesia católica y su símbolo más importante a nivel nacional, la Virgen de Guadalupe, que ha sido clave como mecanismo de control social e incluso es considerada como la primera bandera de México, porque Hidalgo la enarboló en Atotonilco.

Los medios de comunicación en general y la prensa en particular no estaban exentos de esta veda. Al tener un gran alcance en la población ―el cine y sobre todo la radio, pero más adelante la televisión―, y una gran influencia en la configuración de la opinión pública, para el régimen era imponderable que no abordaran estos temas, si no era para hacer una cobertura favorable y laudatoria.  Es bien conocido el caso de la película La sombra del caudillo, dirigida por Julio Bracho, que permaneció enlatada 30 años por órdenes de los mandos militares. No permitieron que una cinta de esas características ensuciara su imagen de hombres íntegros.

Pero una vez más, con la reconfiguración de la prensa que se dio tras el golpe a Excélsior, y la apertura de medios de comunicación más plurales  y democráticos, , como Proceso, unomásuno y La Jornada, se abrieron pequeños resquicios de libertad de expresión para abordar críticamente los temas que antaño eran considerados tabúes.

Desde su primer número, Proceso cuestionó directamente al Presidente en turno, con lo que ayudó a aminorar la mitificación que este personaje había tenido en las décadas pasadas, y si bien no hizo lo mismo con la Virgen de Guadalupe porque su bloque fundador ―Julio Scherer, Vicente Leñero, Miguel Ángel Granados Chapa― era adepto a la religión que ésta representa, el Ejército ha sido un tema central en su agenda durante los 41 años que tiene de existencia.

Ayer Proceso fue a contracorriente de la llamada gran prensa o prensa comercial y ostentó un abordaje nada halagüeño del Ejército. Hoy, a cuarenta años de distancia y a falta de hacer una revisión más exhaustiva de números publicados en el periodo intermedio, es posible afirmar que su postura en relación con este organismo sigue siendo la misma: de oposición y denuncia.

En su número 13, publicado el 29 de enero de 1977, desde la primera plana Proceso acusa al Estado mexicano de cometer etnocidio contra los indígenas de Chiapas a través de los soldados, quienes, según la investigación de campo realizada por Rodolfo Guzmán, fueron los autores materiales de este atentado.

“En casi todos los aplastamientos sufridos por los pueblos indígenas de Chiapas, el ejército (sic) ha estado presente. Proceso tiene en su poder las pruebas y testimonios que lo evidencian”, así de claro es el posicionamiento de la revista.

Y un par de líneas más para demostrar la determinación de Proceso para contrariar la narrativa oficial del Estado sobre el Ejército con base en testimonios y una investigación in situ:

“La noche del 11 de mayo de 1976 unos 400 soldados del ejército mexicano sitiaron la población de Venustiano Carranza. Los soldados sostuvieron una balacera de nueve horas con un reducido grupo de indígenas totiques, refugiados en la llamada Casa del Pueblo […] Del 3 al 7 de junio otras brigadas del ejército atacaron cinco poblados indígenas en la zona norte y de la selva chiapaneca arrasando ye incendiando moradas. Entonces el saldo fue de ocho niños muertos de hambre y frío”.

Este hecho refleja la continuación de una política de exterminio contra ciertos grupos autóctonos por parte del gobierno mexicano y la violaciones a los derechos humanos realizadas por las Fuerzas Armadas, pero aquí se procederá al análisis del tratamiento informativo que ha hecho la revista al respecto.

En los dos últimos números de Proceso ―2102 y 2013, del 12 y 19 de febrero de 2017 respectivamente―, la cuestión militar ha sido la más destacada de su agenda, debido a la iniciativa de la Ley de Seguridad Interior que en estos días se discute en el Congreso de la Unión.

Por esa razón, los periodistas y colaboradores del semanario le han dedicado sendos reportajes, artículos y textos de análisis al tema. En el No. 2102, dentro de la sección “Narcotráfico”, que es la más importante según la jerarquización del medio porque está en primera plana y es la primera en aparecer en el índice, hay dos artículos dedicados al tema: “El ‘cuestionario’ de la muerte”, por Jorge Carrasco Araizaga y “Las Fuerzas Armadas se salen con la suya”, por Jesusa Cervantes.

El primero arguye que desde que se declaró la ‘guerra contra el narco’, el Ejército Mexicano se atribuyó funciones que no le corresponden, como investigar delitos, y critica el hecho de que los altos mandos militares utilicen a sus subalternos como ‘cabezas de turco’ a la hora de enfrentar la justicia. Al final le da voz a un militar subteniente que, según explica, fue encarcelado injustamente por obedecer las órdenes se su superior.

El segundo, como puede observarse desde el título, es más directo y sugerente. Presenta abiertamente a los jefes de las Fuerzas Armadas ―Salvador Cienfuegos Zepeda, titular de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) y Vidal Francisco Soberón Sanz, titular de la Secretaría de Marina (Semar)― como actores protagónicos de la política nacional que pueden, mediante su insistente cabildeo, hacer y deshacer lo que les plazca en la res publica y subordinar al Poder Legislativo ―específicamente a los representantes parlamentarios del PRI y el PAN― para que les promulgue una ley a modo ―como de facto ha sucedido.

Pero la crítica más frontal viene en la portada de su última edición ―2103―, que reza textualmente: “El Ejército, en su máximo nivel de descrédito”, esta última palabra, de un tamaño mayor que el resto. Pero como señala el profesor Robert Ferguson en su libro Los medios bajo sospecha, en la semiótica el texto no puede analizarse por separado de la imagen, sino que debe hacerse de manera conjunta.

La imagen que lo acompaña es una fotografía donde aparece el presidente Enrique Peña Nieto entre los dos jefes de las Fuerzas Armadas, el general Cienfuegos y el almirante Soberón. El secretario de la Defensa Nacional tiene la cabeza gacha, mira hacia el suelo; Peña Nieto, en tres cuartos, voltea a ver expectante hacia un costado; mientras Soberón mira hacia el horizonte, vislumbra el panorama con la cabeza más erguida que sus dos acompañantes. Quizá lo que los diseñadores buscaron fue reflejar gráficamente la mella que hace esa percepción en el jefe del Ejército.

Y lo que hace la periodista Gloria Leticia Díaz en el artículo de interiores, titulado “Nadie quiere a los militares como policías”, es  darle voz y ofrecerle una tribuna a quienes se oponen a los militares para que se expresen. Por eso se destacan los testimonios de algunos activistas, como José Antonio Guevara Bermúdez, presidente de la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de Derechos Humanos (CMDPDH).

Con su ayuda, se enumeran los crímenes que han cometido los militares desde la época de la Guerra Sucia, así como el número de denuncias de tortura en su contra que han sido presentadas ante la Procuraduría General de la República (PGR) y el número de recomendaciones que les ha dirigido la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH).

Pero la crítica más férrea hacia el Ejército incluida en el semanario viene en un artículo de opinión firmado por Erubiel Tirado, quien señala a Cienfuegos y a Soberón como protagonistas capaces de “doblegar y engañar a la clase política del país” y califica al primero de “empoderado y soberbio”.  Además arguye  que los militares tienen mayor poder que en cualquier etapa anterior y  han provocado “mayor violencia y un mayor número de víctimas en lugar de tener un efecto de contención”.

Referencias

Carrasco Araizaga, Jorge, “El ‘cuestionario’ de la muerte”, en Proceso, No. 2102, 12 de febrero de 2017, pp. 15-17.

Cervantes, Jesusa, “Las Fuerzas Armadas se salen con la suya”, en Proceso, No. 2102, 12 de febrero de 2017, pp.17-21.

Díaz, Gloria Leticia, “Nadie quiere a los militares como policías”, en Proceso, No. 2103, 19 de febrero de 2017, pp. 6-8.

Guzmán, Rodolfo, “Al asalto de pueblos indígenas”, en Proceso, No. 13, 29 de enero de 1977, pp. 6-13.

Tirado, Erubiel, “Simulación interna y sumisión imperial del sector castrense”, en Proceso, 19 de febrero de 2017, pp. 9-10-

 

 

 

 

 

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2 comentarios sobre “El Ejército en Proceso

  1. Hola, Raúl.
    Desde tu primera entrada fue evidente tu gusto por el medio (Proceso) y eso es una cuestión muy importante porque, aparte de que te gusta, lo conoces. Tienes una gran ventaja porque puedes hacer lo que en filosofía se le conoce como una crítica dura, es decir, puedes criticar al medio porque lo conoces y sabes qué le duele.
    Encontraste una línea de análisis muy interesante que, si no te da para todo el semestre, te puede dar para gran parte de él. Trata de analizar un poco más usando los textos de clase para reforzar tu argumento y un ejercicio interesante es revisar cómo se toca este mismo tema del ejército en otros medios para que puedas hacer una matriz comparativa.
    Muy buen ejercicio en cuanto a presentación y redacción. Quizá sólo trata de usar ideas más cortas para que no tengas enunciados que sean del tamaño de un párrafo.

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  2. Comentario por: Jacqueline Ponce León.

    Hola, Raúl. Primero que nada me gustaría felicitarte por tu entrada, ya que es muy buena tu idea de plantear un panorama de los tabúes que existían en el país durante los años de presidencialismo autoritario porque explicas y contextualizas cada uno de ellos. Además agregas algunos datos curiosos e históricos que complementan tu información. También aportas algunas citas para respaldar tus ideas.

    Sin embargo, me parece que no hay una pregunta de análisis bien definida. En mi opinión, encontré tres líneas de investigación: tabúes en México, la gran prensa o prensa comercial y política de exterminio. Quizá faltó un poco de coherencia entre cada párrafo, es decir, ir ligando las ideas de manera ordenada, ya que las tienes claras, pero de repente hablabas del libro de Robert Ferguson en uno o dos párrafos y después lo dejabas de lado.

    Retomas conceptos importantes en la obra de Foucault, como lo son ‘tabúes’ y ‘poder’. Probablemente hubieras podido dirigir más tu análisis hacia esos conceptos e incorporarlos con los que manejas de Ferguson. La información y las ideas las tienes, solamente te falta jerarquizar y meter bien tu línea de análisis desde el inicio.

    En cuestión de formato, me parece que sería buena idea justificar tus párrafos y diferenciar tus citas textuales de todos tus párrafos. De igual forma, estás escribiendo párrafos de dos a tres líneas y te vas al extremo, porque hay unos muy largos. También te recomendaría leer tu entrada después de redactarla porque encontré dos comas seguidas y algunos errores de dedo.

    Por mi parte es todo. Vas muy bien, solamente es cuestión de jerarquizar información, definir bien tu punto de partida, usar más citas del libro, mejorar el formato y leer tu entrada para no estropearla con errores de dedo. Se ve que conoces tu medio y que lo lees.

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