Proceso y la cuestión indígena

Por Raúl Parra

Tal como indica el profesor Robert Ferguson, la identidad “es mutable y […] está vinculada a un proceso. Ese proceso de formación de la identidad ya no es tan seguro como alguna vez lo fue” (2007:39). Esto puede ayudar a explicar que, actualmente en México, la adscripción de alguien en la categoría identificativa de “indígena” depende más de la interacción y de las relaciones sociales que de  una especie de esencia o naturaleza: “Las identidades deberían entenderse como la manifestación de conductas, de formas de relacionarse con el mundo. Siempre se hallan en un estado o bien de construcción, o bien de sometimiento o bien de movimiento” (Ferguson, 2007: 206).

Esta construcción de la identidad tiene una relación inexorable con otro concepto retomado por el profesor británico, el de «alteridad». Alteridad viene de la raíz latina alter, “otro”, y el sufijo dad, “cualidad”. Es la condición o cualidad de ser “otro” desde la perspectiva de quien se asume como el “yo”, es decir, es lo que nos hace diferentes.

Y como “la identidad es contingente y cambiante, una de las maneras que tengo de reconocerme es por lo que me diferencia de otro de cualquier «otra» persona u otro grupo”. Y eso fue precisamente lo que hizo el Estado mexicano en su proceso de formación, porque al definir al mestizo como el ‘sujeto nacional ideal’, también definió la alteridad y al “otro”. Y fue así como construyó la categoría de identificación “indígena”, que lejos de ser natural y esencial, es histórica y variable.

Durante la primera mitad del siglo XX, la Antropología fue la ciencia predilecta del Estado mexicano, que se encargaría de solucionar los grandes problemas nacionales, y específicamente “el problema indio” ―como gustaban llamarle. Tres figuras fueron fundamentales en este periodo: Manuel Gamio, Moisés Sáenz Garza y Alfonso Caso.

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Gamio, Sáenz y Caso, la tríada del indigenismo mexicano. Foto: Especial.

Manuel Gamio, el padre de la Antropología mexicana, y aún anclado en el evolucionismo social derivado de los postulados biológicos de Darwin,  en su estudio La población del valle de Teotihuacán consideraba a los indígenas como seres atrasados que necesitaban de una intervención para que progresaran. Sáenz Garza, un pedagogo regiomontano, abogaba en su México íntegro por la incorporación del indio a la vida nacional y organizó el Primer Congreso Indigenista Interamericano en 1940. Caso, arqueólogo mexicano que adquirió fama internacional por haber descubierto la tumba 7 de Monte Albán, fundó el Instituto Nacional Indigenista ―que dirigió de 1949 a 1970― y en su célebre ensayo “Definición del indio y lo indio” (1948) introdujo por primera vez la autoadscripción como criterio para determinar quién es indígena. Por esa razón, hablar de la Antropología mexicana durante el siglo pasado es hablar del indigenismo, ambos términos pueden usarse indistintamente.

Ahora bien, “los medios no representan las cuestiones de identidad a su público de manera sencilla. Estas cuestiones se estructuran, se re-presentan, se reciclan y se ordenan de acuerdo con un conjunto cambiante de criterios, susceptibles de análisis y de crítica” (Ferguson, 2007:204). Esto quiere decir que debe hacerse un estudio diacrónico de estas representaciones que hacen los medios y, tal como lo recomienda el profesor, éstos deben estudiarse conjuntamente “al contexto social de su producción y utilización” (Ferguson, 2007:14).

Sirva este breve esbozo histórico para explicar los antecedentes de la postura ―política de comunicación― de la revista Proceso en relación con la cuestión indígena.  Proceso surge en otra época, precisamente en la década de los años setenta, cuando un grupo de antropólogos, encabezado por Guillermo Bonfil Batalla, declaró el fracaso del indigenismo y denunció que la política del gobierno sólo había servido para excluir, marginar e, incluso, aniquilar estas comunidades. Es por eso que se habló de «etnocidio», como encabeza el semanario la portada de su No. 13, del 29 de enero de 1977, “Chiapas: etnocidio que continúa”, en la cual aparece una imagen con tres mujeres sentadas aparentemente indígenas, con tres niños a cuestas, en sus rebozos.

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Proceso No. 13.

Proceso es adepto a esta corriente crítica de la Antropología mexicana, que justo estaba en boga en el contexto histórico en que surgió. Bonfil Batalla había publicado su ensayo “Del indigenismo de la revolución a la antropología crítica”, en el volumen De eso que llaman antropología mexicana, de la editorial Nuevo Tiempo, en el que denunciaba la opresión de una cultura dominante, y posteriormente fue un defensor a ultranza del etnodesarollo ―como  alternativa al integracionismo y al desarrollismo―, el cual pugnaba por la autonomía y autodeterminación de las comunidades indígenas, además de reivindicar la diversidad cultural y el reconocimiento de una sociedad pluriétnica.

Siguiendo con el profesor Ferguson, éste menciona que, en los medios, “el concepto de diferencia [alteridad] puede entenderse como algo positivo o algo negativo” (2007:206). Al hacer un análisis comparativo entre el No. 13 y el No. 2102 de 40 años después, en el que se incluye un extenso reportaje sobre las lenguas indígenas, queda claro que en Proceso esta diferencia se reivindica como algo positivo.

Sin embargo, es menester explicar a qué se debe esto, lo cual tiene que ver con el contexto internacional y es una cuestión que también aborda Robert Ferguson en su libro Los medios bajo sospecha. Ideología y poder en los medios de comunicación (Gedisa, 2007).

Jean-François Lyotard publicó en 1979 su obra La condición posmoderna, y con ella inauguró una corriente filosófica que posteriormente sería retomada por otros autores, como Gianni Vattimo o Zygmunt Bauman: el posmodernismo o la posmodernidad. Ésta rechazaba todas las explicaciones totalitarias y las metanarrativas, y negaba terminantemente que la humanidad fuera en un progreso de la ‘barbabarie’ a la ‘civilización’, como lo demostró el Holocausto, que fue perpetrado por un país ‘civilizado’ en pleno siglo XX. Esta teoría exhibió la obsolescencia del darwinismo social, que estuvo en boga durante el siglo XIX, y favoreció el relativismo cultural.

“El posmodernismo defiende también la celebración de la diferencia. La reivindicación de la diferencia ha causado mucho conflicto y agresión, pero permitió el florecimiento de muchas maneras de expresar la identidad […]  Según la argumentación posmoderna, las voces silenciadas y las voces de las minorías son más escuchadas en este ámbito; a medida que se erosionan las formas del esencialismo”. Robert Ferguson, en Los medios bajo sospecha. Ideología y poder en los medios de comunicación, Barcelona: Gedisa, 2007, págs. 79 y 84.

Aquí radica la explicación teórica de la política de comunicación de Proceso en la cuestión indígena. Su fundación y la postulación del etnodesarrollo en México y la posmodernidad a nivel mundial fueron procesos que se dieron casi a la par. Proceso es adepto a un paradigma en el que hay que darle voz a las minorías y considera que la diferencia es valiosa y, por tanto, debe preservarse.

Por eso en su penúltimo número (2102, del 12 de febrero de 2017) incluyó una extensa sección en sus páginas centrales ―de un total de 10― dedicada a las lenguas indígenas. Esta investigación fue coordinada por Carlos Bravo Regidor y Homero Campa Butrón, del programa de Periodismo del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), financiada por la Fundación W.K. Kellog y realizada por Arturo Rodríguez García, reportero del semanario.

El reporte especial, titulado “Lenguas indígenas. Discriminación estructural”, está elaborado con un enfoque de derechos humanos y denuncia las adversidades que las y los hablantes de estas lenguas ―o sus respectivos dialectos― sufren en tres ámbitos: el educativo, el judicial y el comunicativo.

Ver: Lenguas indígenas. Discriminación estructural.

En el ámbito educativo, Arturo Rodríguez exhibe la ausencia de maestros bilingües, lo cual deriva en discriminación hacia las y los hablantes de lenguas indígenas que no dominan el español. En el ámbito judicial, la insuficiencia de defensores de oficio bilingües, lo cual ha ocasionado graves injusticias y violaciones sistemáticas al debido proceso, el cual se supone debería contar con intérpretes. Por último, en el ámbito comunicativo, el periodista hace hincapié en la persecución y criminalización de la que han sido objeto las radiodifusoras comunitarias indígenas durante las últimas décadas.

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Y, a grandes rasgos, Arturo Rodríguez reafirma la hipótesis que Guillermo Bonfil Batalla expuso cuarenta años atrás:

“Una revisión de datos oficiales demuestra que en esa materia el Estado mexicano ha fallado. Los indígenas están expuestos al abandono, a las malas prácticas sindicales y a la clase política que los usa. Sólo a través de una resistencia cultural y de presionar ―en muchos casos al sistema educativo― los indígenas han logrado preservar su lengua y su cultura”.


Bibliografía y Hemerografía

Ferguson, Robert, Los medios bajo sospecha. Ideología y poder en los medios de comunicación, Barcelona: Gedisa, 2007, 332 p.

Guzmán, Rodolfo, “Al asalto de pueblos indígenas”, en Proceso, No. 13, 29 de enero de 1977, pp. 6-13.

Rodrígez García, Arturo, “Lenguas indígenas. Discriminación estructural”, en Proceso, No. 2102, 12 de febrero de 2017, pp.35-45.

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Un comentario sobre “Proceso y la cuestión indígena

  1. Mi estimado Raúl, atinadísimo tu texto, pues es totalmente pertinente el análisis que has hecho respecto a la condición social, económica y cultural de nuestros grupos étnicos nacionales, en especial la introducción al tema es muy buena pues nos adentras en la concepción que se tiene actualmente de la identidad indígena y la relacionas de manera magnífica con Proceso, revista que bien conocemos y que se destaca por el corte humanista y de cuestiones antropológicas que maneja y que evidentemente ha dado seguimiento puntual a acontecimientos relacionados íntimamente con el contexto de nuestros pueblos originarios. Es también muy atinado el concepto de postmodernidad que señalas y como ha sido una corriente de pensamiento que sustenta el relativismo cultural. Ejemplificas de manera brillante cada situación y argumento que planteas. Tu análisis es muy atinado en todo sentido, también por retomar a Ferguson y explicar cómo se relacionan sus palabras a los problemas de integración y comunicación en los pueblos indígenas. Siguiendo esta línea, es entonces preciso decir que Proceso es de los contados medios de comunicación en México que procuran hacer evidentes sus conflictos y carencias, revelando el olvido y el prejuicio al que se ven enfrentados día con día, incluso al grado de criminalizarles y satanizarles, como bien ejemplificas con el caso de las radios comunitarias. El tema es de pertinencia y actualidad y es sobretodo preocupante, muy atinado que lo retomes. Felicidades.

    Por Eduardo Martínez Pérez

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