El campo en el cine mexicano: presente

Por Guadalupe Jimarez

Tema: El campo en México

En la entrada anterior, se comentó acerca de la percepción del “hombre del campo” a través del tiempo. No obstante, es pertinente cuestionarse si ha evolucionado dicha concepción o permanece estática. Con el 22%  del total de la población mexicana que habita en zonas rurales, el cine con miras en representar al campo como un objeto de análisis es poco viable. Ahora, este ámbito es un medio para iniciar el abordaje de temas como el narcotráfico, migración y violencia laboral, tal es el caso de Hilda de  Clairont Rangel.

Susana Le Marchand (Verónica Langer) es un ama de casa ignorada por su acaudalado marido, y gasta sus días en perfeccionar su lujosa casa. Ahora está en búsqueda de una nueva doméstica, y en esos precisos días, su exjardinero en agradecimiento por sus buenos tratos con él le lleva un obsequio de parte de su esposa llamada Hilda (Adriana Paz). Halagada, Susana contrata a Hilda. La relación entre ambas es de cordialidad. La soledad que ha vivido los últimos años a causa del abandono de su esposo, y su presente activismo provocan que fácilmente entre en una crisis de identidad que la empujan a un desequilibrio mental. La confusión emocional y de locura que vive Susana, coincide en fechas con el secuestro que su hijo sufriera dos años atrás y comienza a torturar psicológicamente a su trabajadora, impidiéndole salir los fines de semana. Hilda sufre un secuestro por parte de su jefa y es obligada a entretener a Susana y a servirle de cruel divertimento. La doméstica se vuelve en un juguete para Susana.

Hilda, originaria de Oaxaca, alimenta la percepción de un segmento de la población mexicana violentado: aquel que habita en zonas rurales, o bien, en zonas donde el campo está más presente que el sonido de motores provenientes de autos. Este personaje se muestra denigrado ante la élite, a pesar de existir un discurso explícito en el filme basado en el deseo aparente de eliminar las diferencias sociales entre ricos y pobres, aunque este no sea  su objetivo verídico.

En la película, Susana, representante de la clase económica alta, comienza a usar ropa con bordados indígenas para parecerse a Hilda, lo cual, podría considerarse como un intento por usar al ethos, de acuerdo a Sam Leith, pues es la parte de la retórica donde se aterriza la imagen inicial del individuo que expresa un discurso: “es la base sobre la que descansa todo lo demás. Establece el vínculo entre el orador y los oyentes, y orienta la recepción que tendrá el discurso” (2012). No obstante, ¿por qué se afirma qué es un intento (por no decir “fracaso”), para lograr una empatía entre la élite y la clase trabajadora, específicamente, aquella proveniente del campo?

Fracasa, pues el personaje de Hilda jamás cree en la igualdad que comulga Susana: esta no emplea en su discurso el mismo lenguaje, gestos, tonalidad, etc., en suma, no hay una apropiación e identificación con la forma de actuar y hablar del receptor: la imagen de las dos mujeres es contraria. Así, la élite pretende borrar la línea que separa a ambas clases, pero perpetra la violencia salarial, laboral, psicológica con objetivos basados en una justicia que sólo ella ha conceptualizado y establecido como verdadera. Por tanto, Susana intenta hacerse pasar como parte de la clase trabajadora, mas no como quien pasa sobre ella.

Así, puede verse que los estereotipos de las personas de campo, prevalecen en el cine: existe intocable la concepción de ellas como individuos cabizbajos, incapaces de levantar la voz ante una injusticia. Son sujetos solemnes, quizás hasta pudiese considerarse como “grises” y sin matices, frente a los acaudalados, pues estos poseen “color”, es más fácil conocer sus sentimientos, pues, a pesar de no expresar palabra alguna, es posible conocer sus miedos con sólo ver sus expresiones.

De igual forma, los habitantes del campo ya no son los enemigos del progreso, colaboran en él. Esta es una percepción modificada. Pero la otredad es el principal problema de entendimiento entre ambos. Aún son perceptibles los deseos de la élite. Se escuchan y se leen entre líneas, pero los individuos de campo tienen poca oportunidad para hablar. Quizá y esta percepción sea alimentada por el cliché de concebir a los indígenas (pues para el cine es casi lo mismo. No se interesa en dar a conocer la diferencia conceptual existente entre indígena y campesino) sumergidos en un diálogo monosilábico. Digno de cualquier caricatura protagonizada por “Bugs Bunny” y “Pato Lucas”.

Leith describe al legos como la forma en la que se trata de influir en los receptores a través de la razón. Ello le da vulnerabilidad, pues su elemento base es emplear a la razón y de esta manera, el argumento es propenso a no ser aceptado por la irracionalidad imperante en cada individuo. Así, en Hilda, a pesar de ser una crítica en sí misma contra la violación de los derechos humanos, es muy posible que la sociedad practicante de esta clase de actos no los cambie o deje de hacerlos.

El pathos es la figura donde se “trata de despertar en ellos (los receptores) ira, piedad, temor o entusiasmo”. Por tanto, si a la clase acaudalada (y aquella partidaria de la realización de estas prácticas laborales) le provocará incomodidad, quizá vergüenza, es pertinente cuestionarnos: ¿Cuáles son los sentimientos de los espectadores, pertenecientes a zonas rurales, que han sufrido esta clase de violencia? Cabe la posibilidad de que este filme despierte emociones negativas por parte de estos; sin embargo, el discurso de la misma no gira entorno a la vida del personaje de Hilda, sino al de Susana, quien representa a la élite. Por ello, puede concluirse que si bien es una crítica, no aborda el tema de la víctima como el más relevante. Entonces, ¿dónde queda Hilda?

Si bien la retórica funciona a partir de probabilidades (analogías y generalizaciones). ¿Es un ejercicio de fe? Sí. Pues el discurso de Hilda finaliza con el castigo de la soledad de Susana, lo cual, a simple vista, al receptor le resulta placentero. Puede descansar y confiar en que la felicidad le sonreirá a Hilda, contrariamente a lo que le sucederá a Susana. ¿Final feliz? En realidad, la élite no sufre, no reflexiona, no se fragmenta, no cambia. La pirámide permanece igual. Por tanto, dicha película no propaga la idea de crítica al sistema laboral ofrecido a la clase trabajadora, en especial a aquella originaria del campo. Hilda es sólo el medio para ejercer la crítica.

¿Entonces, a quién pretende convencer? ¿A qué clase de público desea persuadir? Posiblemente, Hilda, como película carezca de razones, del porqué de su existencia.

Fuentes consultadas

Leith, S (2012). ¿Me hablas a mí?: La retórica de Aristóteles a Obama. Editorial Taurus

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