Proceso se adapta al entorno comunicativo “superficial”

Por Raúl Parra

En su libro Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (Taurus, 2011), el autor estadounidense Nicholas Carr expone que Internet no sólo ha cambiado la forma en que obtenemos información, sino también la forma en que actuamos y pensamos.

Acusa que debido a la masiva proliferación de páginas de Internet desde que Tim Berners Lee escribió el código de la World Wide Web y a la facilidad con que se accede a información específica gracias a potentísimos motores de búsqueda como Google, las personas que tienen acceso a esas herramientas se han vuelto superficiales.

El de Carr es, ante todo, un libro de la evolución de lectura a lo largo de la historia de la humanidad. Desde el inicio de la expresión escrita en el IV milenio a.C. con los sumerios y su escritura cuneiforme, pasando por los jeroglíficos egipcios y el sistema de letras fenicio, además de la invención del alfabeto griego en el 750 a.C., hasta llegar a la época actual, en la que se lee mayoritariamente a través de pantallas.

Los egipcios desarrollaron el papiro, que posteriormente fue retomado por los griegos y los romanos, quienes lo sustituyeron por pergamino, hecho de cuero de cabra u oveja, para hacer sus rollos. Con la costura de varias páginas de este material se creó el códice y nació la lectura en voz alta, predominante en la Antigüedad. Luego surgió la tablilla de cera, que era moldeable y permitía la reescritura en la misma superficie.

En aquella época, la escritura carecía de signos de puntuación y separación entre las palabras. Con la incorporación de estos, llegó la lectura silenciosa, que volvió a los lectores más eficientes y atentos, ya que requería la “capacidad de concentrarse intensamente durante un largo periodo de tiempo” (Carr, 2011:84). Con esto se constituyó en los lectores un “cerebro literario” (Carr, 2011:86)  y una “ética del libro” (Carr, 2011:88).

Tras la invención de la imprenta por Gutenberg en 1440, “los libros pasaron de ser bienes caros, por escasos, a ser productos asequibles y abundantes”, lo cual ayudó a “difundir la ética de la lectura profunda y atenta” (Carr, 2011:93).  Empero, ahora, en plena convergencia tecnológica, las personas, arguye Carr, se distraen con mayor facilidad, su atención comienza a disiparse después de leer una o dos páginas y se ha debilitado su capacidad de contemplación y concentración, lo que ha redundado en la consolidación de pensamiento de stacatto, es decir, fragmentario.

Como es bien sabido, estas condiciones tecnológicas y de acceso a la información han repercutido notablemente en la prensa y la forma en que se concibe el periodismo. Las nuevas circunstancias han orillado a los medios a nuevas dinámicas de trabajo, en las que tienen que presentar la información al instante, a diferencia de antaño, como en el siglo XIX, por ejemplo, cuando tenían todo un día para planear la edición del día siguiente en caso de que fuera un diario, o una semana para un semanario.

Tal como lo expone en el libro, en 2009, el Christian Science Monitor, uno de los diarios más antiguos de Estados Unidos, paró sus rotativas. The Rocky Mountain News y The Seattle Post-Intelligencer corrieron la misma suerte. Aquí en México sucedió lo mismo con la revista emeequis, que el año pasado, tras apenas una década de trabajo, tuvo que abandonar su edición impresa y ahora sólo sobrevive en la Red. Mas no es ése el caso de Proceso.

La salida es la siguiente: “Los editores de revistas y periódicos, dándose cuenta de que, por primera vez en la historia, podrían transmitir grandes cantidades de texto como siempre había hecho la televisión, estuvieron entre los pioneros en Internet, publicando en ella artículos y otros textos a través de sus páginas web” (Carr, 2011:107).

Eso fue precisamente lo que hicieron los editores de La Jornada, quienes lanzaron su versión en línea ―en convenio con la Universidad Nacional Autónoma de México― en 1995, apenas 11 años después de su fundación. Lo mismo ocurrió con El Universal, cuya página comenzó a operar en marzo de 2001 y hoy es el portal noticioso de México más visitado en Internet.

De acuerdo con una sistematización hecha por la Dra. María Elena Menses Rocha, investigadora del Departamento de Estudios Culturales del Instituto Tecnológico y de Estudios de Monterrey campus Ciudad de México (ITESM-CCM) de los 329 periódicos impresos registrados en el Padrón Nacional de Medios Impresos (PNMI) de la Secretaría de Gobernación (Segob) en 2007, 206 ya habían iniciado su transición hacia el universo digital: 105 tenían un desarrollo primario y 101 secundario. Proceso, aunque es una revista, no era la excepción.

Tal como conjetura el propio Nicholas Carr, “es casi seguro que leemos más texto hoy que hace veinte años, pero estamos dedicando mucho menos tiempo a leer palabras impresas en papel” y no cabe la menor duda de que el lanzamiento de la plataforma digital de la revista Proceso responde a estas circunstancias.

Si bien para cuando surgió Proceso, en 1976, apenas estaba funcionando ARPANET ―precursora de Internet―, lo cual favorecía la circulación de la revista, cuyo primer número tuvo un tiraje de 100 mil ejemplares, al día de hoy, a pesar de la convergencia tecnológica, su distribución impresa no ha decaído en demasía, tan sólo un 25%.

Para 2011, de acuerdo con el PNMI de la Segob, Proceso tiraba semanalmente 75 mil 878 ejemplares, lo que equivale a un tiraje mensual de 303 mil 512 ejemplares. Por esta razón, es la revista de información y análisis político más leída de México, con una gran ventaja sobre las siguientes.

Sin embargo, la penetración que pueda tener en su versión impresa no se compara con sus portales digitales, donde tiene 4 millones 457 mil 710 de fans  y 4 millones 227 mil 302 seguidores en Facebook y Twitter, respectivamente. Si a eso le sumamos los suscriptores de su canal de Youtube y las visitas a su página podríamos estimar que Proceso tiene un tráfico mensual aproximado en Internet de 15 millones de personas, muy superior a los 303 mil de su edición impresa.

No obstante, más allá de toda exposición cuantitativa, lo importante aquí es el análisis del tratamiento informativo hace en sus distintas plataformas a la luz del texto de Carr. Como acertadamente lo anticipa el escritor estadounidense, Proceso emplea políticas de comunicación diferenciadas de acuerdo con el medio en que emita.

En su agencia de noticias Apro ―que anteriormente se llamaba CISA y fue el primer producto que ofrecieron― predomina una redacción más escueta, lacónica, aquello a lo que el semiólogo francés Roland Barthes denominó “el grado cero de la escritura”.

La revista es la joya de la corona de la empresa, ya que es su producto estelar y el más redituable. Está pensada y diseñada para ese lector, como diría Carr, capaz de quedarse absorto ante una lectura, pues regularmente contiene 84 páginas. Además incluye amplios artículos y reportajes, que en ocasiones se extienden hasta por 10 páginas con sendos párrafos de datos y declaraciones por lo que definitivamente no serían aptos para aquellos lectores ―a los que alude Carr― que tras la lectura de dos páginas disipan su atención.

Lo más interesante aquí es su página de Internet, Proceso.com.mx, en la que se hace un tratamiento distinto de la información, aquí sí, favorable a ese pensamiento disperso, fragmentario y superficial al que se refiere Carr, pues en muchas ocasiones publican y comparten notas muy breves surgidas al momento o videos con únicamente una somera descripción. Incluso llegan a retomar boletines y comunicados de dependencias gubernamentales, lo que ocasiona que su nota sea muy similar a la de los otros medios, algo que jamás se permitirían en su versión impresa.

En la página y en las redes sociales publican notas que, de acuerdo con su enfoque editorial, podrían parecer intrascendentes o inadecuadas, como los resultados de los partidos de futbol o algunas noticias sobre la farándula, y que definitivamente quedan excluidas del semanario impreso.

Proceso emplea en su página un modelo de negocios mixto, como The New York Times y The Washington Post, en el que la mayoría de su contenido es gratuito, pero si se quiere acceder a información adicional, como la hemeroteca o las versiones impresas íntegras, se tiene que pagar. Esto se hace a través de la suscripción.

Por último, cabe mencionar que Proceso se encuentra en el estadio de desarrollo digital secundario, de acuerdo con la terminología utilizada por la Dra. Meneses, ya que sí permite la interacción de los usuarios a través de diversos mecanismos, como los comentarios, las encuestas, el correo electrónico, los gráficos animados, las fotogalerías, el servicio RSS y las redes sociales, además de los videos de Proceso TV, su canal de Internet lanzado apenas el año pasado ―en un principio en colaboración con RompevientoTV y ahora  en solitario.

Por todo lo anterior, me es posible afirmar que Proceso sí se ha adaptado al entorno comunicativo “superficial” descrito por Nicholas Carr en su libro, aunque al mismo tiempo continúa con la tradición de información y análisis político iniciada hace 41 años en la revista impresa. No son excluyentes.


Referencias:

Carr, Nicholas, Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?, México: Taurus, 2011, 340 p.

D’Artigues, Katia, “Las revistas más leídas del país”, en Campos Elíseos, de El Universal, 12 de mayo de 2011. Consultado el 9 de abril de 2017, en: http://blogs.eluniversal.com.mx/wweblogs_detalle.php?p_fecha=2011-05-12&p_id_blog=28&p_id_tema=13897.

Meneses Rocha, María Elena, “La industria del periodismo y su transición a la convergencia digital: ciberperiódicos y periodistas convergentes en México”, en Virtualis No. 2, julio – diciembre 2012, Departamento de Estudios Culturales, Instituto Tecnológico y de Estudios de Monterrey campus Ciudad de México, pp.  44-58. Disponible en: http://aplicaciones.ccm.itesm.mx/virtualis/index.php/virtualis/article/viewFile/28/17.pdf

 

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