Una vez más: Internet y LGBT

Por Ana Añorve Vidal

Al igual que ha funcionado la aplicación (geosocial) de Tinder para un amplio sector que buscaba conocer gente y concretar citas, se han desarrollado otras aplicaciones con el mismo propósito, pero orientadas al colectivo LGBTTTI (como Grindr o Brenda). Este es apenas uno de los tantos ejemplos en torno a cómo se han creado distintas aplicaciones y espacios específicos para esta comunidad.

Estas aplicaciones son programas informáticos diseñados para permitir al usuario realizar una determinada tarea, que justo emergen de esta gran ola digital que ha traído consigo el Internet. Este medio, como la gran red interconectada que es, y como se ha mencionado en anteriores entradas, ha posibilitado a miembros del grupo LGBT el poder convertirse en líderes de opinión, les ha dado la oportunidad de hacer escuchar su voz y de continuar la lucha por el reconocimiento de sus derechos a través de las distintas plataformas electrónicas que ofrece.

De esta forma, tendría sentido plantearse: ¿la inclusión forma parte inherente del Internet? En relación a cómo es presentado y representado en este medio de comunicación e información al colectivo. El hecho de que se hayan creado estos soportes y servicios tan particulares para el LGBT y que las redes sociodigitales los engloben dentro de sus contenidos ¿conlleva una integración verdadera por parte del medio? ¿Se trata acaso de cómo ha forjado el Internet estas nuevas formas de interacción social y a su vez la ideología predominante que incorpora y acepta a esta comunidad, o es sólo la manera en como los usuarios tienen una injerencia directa sobre cómo se apropian del medio?

En estas lagunas nebulosas y confusas se han pronunciado dos posturas: la del determinismo tecnológico y la del instrumentalismo. La primera alude a que las tecnologías por sí mismas han incidido de manera sustancial en la sociedad y que han dirigido el desarrollo económico y político, por consiguiente, del contexto en donde se concretaron. La segunda refiere a que son las personas detrás de los aparatos (meros instrumentos) quienes gobiernan y controlan a los mismos según sus propias convicciones, ambiciones e intereses.

Sin embargo, es difícil resolver y comprender en su totalidad cómo impacta la tecnología en los humanos, y en especial las tecnologías intelectuales (herramientas para ampliar o apoyar la capacidad mental de las personas) como lo es el Internet. A lo cual, el especialista en tecnología y cultura, Nicholas Carr, señala: “[…] hay una cosa en la que deterministas e instrumentalistas se ponen de acuerdo: los avances tecnológicos a menudo marcan puntos de inflexión en la historia.”

Es decir, la tecnología ya sea por sí sola o mediante su deliberado uso, ha provocado grandes coyunturas que de alguna forma han alterado ciertos pilares estructurales. Hay un poco de ambas tesis respecto al Internet en este análisis, ya que así como los individuos son capaces de usar el medio, también se adaptan a él.

El Internet como herramienta influye en los pensamientos, actos y perspectivas de las personas, pero como tecnología intelectual según Carr, “ejercen un poder más grande y duradero sobre qué y cómo pensamos. Son nuestras herramientas más íntimas, las que utilizamos para la autoexpresión, para dar forma a la identidad personal y pública, para cultivar nuestras relaciones con los demás.”

Las modificaciones subyacentes en el proceso cognitivo que ha realizado el Internet se deben en gran medida a las características innatas del medio: lo instantáneo y lo fugaz de la información (tanto cuando llega como cuando se va), la síntesis y la selección específica de lo que se busca, la vinculación entre un sitio y otro (hipertextualidad) y los discursos fragmentarios, entre otras.

No obstante, no se trata sólo de eso. Como indica la cita anterior, es evidente cómo el Internet ha hecho ciertos cambios en las dinámicas sociales, por ejemplo en las relaciones afectivas y en la construcción de la identidad individual, grupal y colectiva, mediante las redes sociodigitales o las mismas aplicaciones mencionadas arriba. No es únicamente que lo proveniente del seno social influya en lo mediático, sino que también estas dinámicas se construyen, gestan y desarrollan desde el ciberespacio y en el universo digital.

Hay un discurso, el de lo políticamente correcto, que se ha apropiado del Internet, el cual acoge entre otras comunidades al LGBT, y los respalda y reconoce, porque es un espacio más abierto en comparación a los medios tradicionales en tanto ideología y contenido. Añade Carr: “las tecnologías intelectuales, cuando alcanzan un uso generalizado, a menudo fomentan nuevas formas de pensar o extienden a la población en general formas establecidas de pensamiento que antes se habían limitado a una pequeña élite”, y más que a una élite, en este caso sería a una minoría (ya que el primer término implica una posición privilegiada a diferencia de cómo se ha conformado históricamente el colectivo LGBT).

El Internet, con su discurso fragmentario, su hipertextualidad, inmediatez y síntesis, como parte de esta corriente (la cual sí nace en el seno social, porque son evidentes los años de lucha por la reivindicación del colectivo), se ha constituido en función de principios más liberales, progresistas y tolerantes, porque precisamente ese es el estandarte que portan al proclamarlo como incluyente; y son a su vez, las generaciones más recientes quienes lo han adoptado no cómo un instrumento, sino como una forma de vida, las cuales suelen ser más abiertas (los millenials sobre todo) en torno a temáticas LGBT.

Aunque, existen actos, como la reciente controversia con YouTube, que amenazan esta idea (por lo menos) de inserción mediática multidiversa y englobadora, pero que juegan un papel importante en la reflexión sobre cómo estos espacios así como pueden incidir en nuestra manera de concebir el mundo y nuestra forma de actuar, son susceptibles al empleo y manejo de los humanos.

Del mismo modo, como efecto secundario, inesperado y contingente, se da en una amplia medida la libertad de expresión y de diversidad de opiniones, que si bien es uno de los grandes rasgos y beneficios del Internet en comparación a otros medios, también es un contraproducente factor a la hora de propagarse discursos de rechazo y discriminación (y en algunas ocasiones de odio) contra grupos como el LGBT.

Como todo en la posmodernidad, el Internet parece carecer a veces de límites claros, de marcos fijos de referencia, y se halla en un ambiguo vaivén, y en un embrollado mar de discursos ideológicos, pero que ciertamente ha servido a la manera en cómo se percibe la realidad, y que han transformado ideas, como en el caso del LGBT, guiadas más hacia la tolerancia y la inclusión.

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