¿Una iglesia hipermoderna?

Por Eduardo Martínez Pérez

De acuerdo con la teoría que propone Gerard Wajcman en su obra “El ojo absoluto”, nos encontramos en una coyuntura hipermoderna en la cual es complicado no sentirse e incluso encontrarse casi plenamente vigilado, vulnerados en nuestra intimidad e individualidad, a merced de la autoridad y de otros agentes externos, pues con los cada vez más avanzados y plurifuncionales dispositivos tecnológicos se ha llegado a concretar una realidad cada vez más simplificada en labores funcionales, pero que también ha implicado una pérdida de la privacidad enorme, el ejemplo claro, la vigilancia cada vez más estricta en casi cada rincón de nuestras ciudades, desde videocámaras que guardan por la seguridad de las calles, hasta dispositivos electrónicos personales capaces de reproducir música, tomar fotografías y videos de alta resolución, facilitar la comunicación de manera eficaz y al momento con los demás, pero también sospechosos de ser fácilmente intervenidos por agentes gubernamentales, y empresariales, así como grupos de hacking, vulnerando la privacidad y seguridad de los usuarios.

Ante este contexto, la iglesia católica mexicana se ha manifestado en ciertas ocasiones, pues haciendo uso de su ideología conservadora, está en contra de todo progreso tecnológico e incluso social, pues rompe con los esquemas familiares y comunitarios de comportamiento que para su doctrina, son la mejor manera de regir al conglomerado social, manteniendo así la armonía y sana convivencia.

Sus principales argumentos en contra de las redes sociales y los llamados gadgets apelan a que debido a la cada vez mayor necesidad de las personas del uso de estos dispositivos, crean una dependencia que les hace imposible despegarse de estos y que afecten de manera significativa en su rutina diaria e incluso en sus relaciones interpersonales, generando aislamiento y alejándose de “lo trascendental de la vida” como la familia y por supuesto, Dios y la iglesia.

Estas parecerían buenas intenciones y de hecho en parte lo son, pues es cierto que con la llegada de la hipermodernidad y los artilugios que ha traído consigo, principalmente las redes sociales, han creado una ruptura en los valores de convivencia y comunicación en núcleos primarios como la familia, pues ahora se presta más atención a lo que publican los “amigos” de Facebook que a las charlas en familia. Pero, habrá que decir que tras esto argumentos de preocupación por la conservación de la esencia humana, se menciona también que las nuevas redes digitales son culpables de que cada vez se crea menos en la institución eclesiástica, pues “sus contenidos introyectan ideas nocivas y que fomentan el libertinaje entre los jóvenes”. Es decir, se trata de hacer creer a las generaciones actuales de padres que si sus hijos han perdido valores y normas de comportamiento que ellos sí tuvieron es por culpa de los nuevos aparatos tecnológicos.

Si bien es innegable que dentro del ciberespacio también se ofrece información falsa y por supuesto presenta riesgos para sus usuarios, lo cierto es que presenta mayores progresos que perjuicios para la sociedad actual, por ejemplo,  ha permitido crear comunidades virtuales en las cuales se puede mantener una comunicación activa y constante entre personas distantes entre sí, facilitando el manejo de archivos de todo tipo a una velocidad impresionante, casi en tiempo real. Incluso, algunos representantes y jerarcas de la iglesia católica han visto el lado positivo de estas nuevas plataformas y las han aprovechado como un nuevo recurso de evangelización, así como de crítica, opinión y como ya se ha mencionado, también de vigilancia, en especial de aquellos sectores que se han revelado ante el abuso de poder de algunos de los miembros del clero y también de los agentes de la política nacional e internacional con el objetivo de desenmascarar políticas fallidas o actos que atenten contra la ciudadanía, denunciarlos y ganar parte de la credibilidad perdida ante la sociedad, en especial ante los jóvenes.

Dentro del mundo de la religión católica en México, no se ha llegado a la vigilancia extrema que propone Wajcman y difícilmente pasará, debido a que esta institución se maneja a partir de una estructura discursiva dogmática basada en el respeto a la libertad individual y la privacidad, pues incluso establece dentro de su sacramento de la confesión, que la identidad del pecador debe salvaguardarse en el anonimato, es decir, se prohíbe todo tipo de exposición de la individualidad, por lo que las acciones de cada persona son solo responsabilidad propia, su conducta no se somete a juicio humano, solamente al de la divinidad, “quien todo lo ve”.

Con esto, entonces podríamos decir que a pesar de la postura radical antiprogresista que maneja el clero mexicano, no existe aún una persecución sostenida en contra de determinado sector social, aunque sí, un sondeo mediático y de políticas públicas más minucioso, que busca estar al tanto de sucesos que puedan contrariar sus dogmas. Hay que decir también, que aún estamos lejos de poder decir que en el mundo domina un ojo absoluto, que nos ha dejado expuestos, pues es evidente que aún gozamos de libertad en algunos aspectos de nuestra vida, en especial en la elección de una religión y en la libertad política.

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