La Iglesia, el Estado y la cannabis

Por Eduardo Martínez Pérez

Un tema que sin duda aún marca una clara división en la opinión pública, ya sea entre la sociedad mexicana o bien, las autoridades gubernamentales y religiosas, es la posible legalización de la cannabis, asunto que viene estudiándose desde hace algunos años y que ha sido propuesta como una opción viable para comenzar a erradicar la violencia inmisericorde que desatan los grupos de la delincuencia organizada que se dedican a su producción y distribución, pues se argumenta que al convertirla en una sustancia legal, los traficantes perderán interés en ella, pues al ser más fácil de conseguir, su costo decaerá y el negocio se vendría abajo.

El tabú sigue marcando las pautas en la mayoría de los cuestionamientos sobre la posible apertura comercial de la marihuana, aunque por ejemplo, en su columna para el diario Milenio, María Doris Hernández Ochoa, menciona que incluso, el Episcopado Mexicano, máxima autoridad eclesiástica, ha dejado entrever rasgos progresistas en sus reuniones anuales, en las cuales exponen los temas coyunturales que implican a los sectores más vulnerables de la sociedad y se exponen posibles soluciones a partir de la intervención de la iglesia.

En esta coyuntura en la que los problemas ocasionados por los cárteles del narcotráfico han lacerado de manera irreversible a miles de familias a lo largo y ancho del territorio nacional y los índices de drogadicción en jóvenes mexicanos es cada vez mayor, la institución católica ha comenzado a vislumbrar un poco más allá de sus ideales clásicos, o al menos en lo que se refiere específicamente al debate sobre la marihuana, ya que sus máximas autoridades se han pronunciado a favor del uso de esta hierba como un elemento medicinal, en especial para pacientes con enfermedades terminales o que les produzcan dolores agudos.

Es importante mencionar que la Cámara de Diputados aprobó el pasado viernes, las reformas que en diciembre pasado hizo el Senado a la Ley General de Salud y el Código Penal Federal, en gran medida gracias a la nueva constitución de la ciudad, para despenalizar el uso de la marihuana con fines medicinales y científicos. Esta situación a pesar de todo, no ha cesado los pronunciamientos constantes que el clero tiene en contra del gobierno federal, en especial para Enrique Peña Nieto, a tal grado que la semana pasada, la Secretaría de Gobernación pedirá a las diferentes instancias de la iglesia, moderar sus mensajes con el argumento de que “algunos de sus pronunciamientos violan las garantías individuales y ponen en riesgo la integridad de sectores específicos de la población”.

Esta intervención de la SEGOB es la primera en los últimos meses, pues tenía buen tiempo que no se manifestaban de manera categórica ante las constantes críticas de la iglesia católica, incluso es curioso observar que en lugar de apelar al total silencio que debe guardar el clero frente a los asuntos del Estado, lo que hace el delegado de la secretaría, es más bien manejar la conciliación y la mesura en su discurso y de manera muy inteligente manifiesta que respeta la libertad de expresión pero siempre y cuando no se afecte la dignidad de alguien más. De esta manera, mantiene una cordialidad hacia la cúpula de la iglesia, pero sin perder tampoco el lazo con los grupos minoritarios, de los cuales, hay que decirlo, benefician en cierto sentido pero a cambio de preferencias electorales futuras.

Por otra parte, es inherente a este contexto, destacar las declaraciones de Alfonso Miranda Guardiola, máximo representante del episcopado: “también es cierto que a la par de esta permisibilidad debería de haber del gobierno, de la Iglesia, la atención quien los va a rehabilitar cómo vamos a atender el problema social”. En este contexto, resalta algo muy importante, pues se da a entender que ambas instituciones deben mantener cierta relación de unidad, pues los intereses del país deben ser prioridad antes que las diferencias entre gobierno y religión.

Pareciera que los pronunciamientos de los representantes católicos no tuvieran sentido por las contradicciones que suponen, sin embargo, si nos adentramos en el trasfondo de esta dualidad opinativa, encontraremos que no se trata más que de un juego político en el que se están protegiendo los principales intereses de la iglesia, pues por una parte, mantiene la visión crítica hacia el Estado, que garantice su credibilidad ante el pueblo, mientras que tampoco escatima en relacionarse con la clase política, manteniendo así sus privilegios intactos. Matan dos pájaros de un tiro.

Precisamente, el momento crítico que vive el Estado debido a la poca confianza que tiene entre los ciudadanos, lo han vuelto vulnerable ante aquella que aún goza de alta estima dentro del pueblo mexicano, que enarbola valores tradicionales del México de siglos pasados y que sirve de refugio para millones ante su vulnerabilidad, pues les otorga consuelo ante lo que los gobernantes no pueden darles.

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